La vieron por última vez
alejándose por aquella calle, perdida entre la niebla y con la nada como
compañera. Perseguía un futuro que no la deseaba pero no podía soportar más las
marcas a fuego en el alma de las derrotas de cada día.
Escapaba del
paraíso podrido, del infierno de los gritos, de los lloros a media noche
pidiéndole a un Dios en el que no creía que se la llevase lejos de allí, al
cielo, a la libertad; pidiéndole que la concediese alas para volar por esa
pequeña ventana de su habitación, trocito de realidad, volar y no volver.
Escapar del fuego de su mirada, del frío de sus labios, del corazón de hielo,
escapar de él. Las ruinas de un amor destrozado por la bebida la sepultaban. Su
marido le destrozó la vida, la suerte, el alma y la cara; pero ahora escapaba de
todo eso, huía donde nunca más la pudiesen encontrar.
Dos años y más
de 730 castigos, a diario, olor a güisqui, a derrota, olor a sangre en los
labios y a furia incontenida. Él era el diablo y se la llevó al infierno.
La sangre de sus
venas corría turbia por la ira mientras pensaba en aquel pasado de engaños y
palizas; pero ahora todo había acabado, se perdía entre la niebla de la calle,
con el mundo en la mirada y un único destino en la cabeza :
Lejos, muy
lejos.
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