“Eres una
persona horrible” me susurraba al oído mientras yo caía por el precipicio, con
el paracaídas roto es complicado caer de pie, pensé, mientras a él le notaba
cada vez más lejos, a kilómetros de los recuerdos y las caricias. “Nunca he
sentido nada por ti” escuchaba y me rompía en mil pedazos, cayendo, cayendo…”Vete”
y me fui para no volver, huí de las convenciones sociales, de las salas de cine
abarrotadas de gente que va a dar darse la mano en la oscuridad, a decirse las
cosas que no son capaces de decirse cara a cara a plena luz del día, huí de los
amaneceres en portales, de los domingos en el sofá, de la resaca de amor del
lunes, escapé de ti, pero sólo porque tú me lo pediste, porque por mí
convertiría las putas salas de cine en nuestra segunda casa y los portales sucios
en un jardín, por ti encargaría comida china todos los domingos de mi vida y me
levantaría los lunes con una sonrisa, por ti dejaría de ser esa persona
horrible que habita dentro de mí y volvería a ser yo, y no se me ocurre mayor
prueba de amor.
lunes, 21 de enero de 2013
lunes, 14 de enero de 2013
Películas.
Imagínate la típica escena de película americana. Chica y chico
discuten, chica sale por la puerta, está nevando y casi no ve el camino pero
cuando más perdida y sola se encuentra, cuando siente que por mucho que ande
jamás encontrará el camino de vuelta a casa escucha su voz, se vuelve y él le
está mirando, le pide perdón, le susurra alguna promesa absurda y se funden en
un beso de lágrimas y frío. La escena de aleja. Pues así me siento yo ahora, sólo
que no hay nadie que me esté esperando entre la nieve, de hecho, ni siquiera
hay nieve, sólo lluvia, joder. Es lo que diferencia la vida real de las
películas, que aquí el malo no es el mayordomo y el bueno el chico guapo, en la
puta realidad me perderé entre la maldita nieve y nunca encontraré el camino a
casa, y ya de paso, tampoco el camino a ti.
Tu habitación.
Leo versos en tus sábanas mientras las sombras luchan por escapar
de la oscuridad, la puta oscuridad. La pasión se diluye en volutas de humo y
llama a la puerta algo parecido a una sonrisa. Tú respiras al compás de mis
latidos escapando por debajo de la piel, buscando fuerzas para seguir adelante,
volver la vista atrás y que no haya nadie. Quizás mañana nuestras pisadas se
separen, leeré versos en otras sábanas, con labios diferentes en mi cuello,
otras pieles con sabor a vodka dormirán conmigo, pero no hay poesía como la de
tu habitación.
domingo, 13 de enero de 2013
Lejos.
La vieron por última vez
alejándose por aquella calle, perdida entre la niebla y con la nada como
compañera. Perseguía un futuro que no la deseaba pero no podía soportar más las
marcas a fuego en el alma de las derrotas de cada día.
Escapaba del
paraíso podrido, del infierno de los gritos, de los lloros a media noche
pidiéndole a un Dios en el que no creía que se la llevase lejos de allí, al
cielo, a la libertad; pidiéndole que la concediese alas para volar por esa
pequeña ventana de su habitación, trocito de realidad, volar y no volver.
Escapar del fuego de su mirada, del frío de sus labios, del corazón de hielo,
escapar de él. Las ruinas de un amor destrozado por la bebida la sepultaban. Su
marido le destrozó la vida, la suerte, el alma y la cara; pero ahora escapaba de
todo eso, huía donde nunca más la pudiesen encontrar.
Dos años y más
de 730 castigos, a diario, olor a güisqui, a derrota, olor a sangre en los
labios y a furia incontenida. Él era el diablo y se la llevó al infierno.
La sangre de sus
venas corría turbia por la ira mientras pensaba en aquel pasado de engaños y
palizas; pero ahora todo había acabado, se perdía entre la niebla de la calle,
con el mundo en la mirada y un único destino en la cabeza :
Lejos, muy
lejos.
Déjala marchar.
Con los ojos
cristalinos por la mentira del amor la recibiste.
“Buenos días” y
no te contestó, pude ver como te ahogabas en sus ojos y te temblaba el pulso,
pero ella nunca se fijaba en esos detalles. Caminaba altiva, como si el tiempo
no hubiera pasado desde la última vez que pisó esa casa; tú caminabas tras
ella, sin saber muy bien que decir, esperando que fuese ella quién diera el
primer paso para decir ese “Te echo de menos” que tanto necesitabas.
Pero a ella todo
eso no la importaba, como siempre, tenía muy claro a dónde iba, lo que iba a
coger y que luego se marcharía para no volver.
Nunca pude
entender lo que sentías por ella, esa pasión de una sola cara y sin recibo,
esos nervios de infante abandonado, ese latido de cristales en el pecho...
Nunca pude entender nada de eso.
Cuando ella se
marchó nos dejó solos, no se preocupó de que tú te estuvieses muriendo
por ella o de que fuera invierno en casa sin su luz, nunca le importamos lo más
mínimo. Pero tú continuas sin darte cuenta, sigues tan enamorado de ella como
el primer día, y yo no juego ningún papel en esta farsa, soy parte del
decorado, una silla donde apoyarte cuando peor te encuentras ¿Aún no entiendes
que se acabó? No va a volver, y menos por ti. Sobrevivimos sin ella ¿No es
cierto? Pues por mí así puede seguir, no tengo ningún interés en verte persiguiéndola
por la casa como si fueras un gorrión enjaulado, en alabar sus sueños sabiendo
que son imposibles, no quiero nada de eso.
Ahora ella está
en vuestra habitación, recogiendo lo necesario para volver a su mundo, tú no
tienes cabida en él, la observas desde la puerta y ya entiendes que nunca te
echó de menos, pero no te quieres rendir, sabes que estás muy enfermo (y puede
que sea de amor), quieres pasar tus últimas semanas con ella, aplazando el
olvido para otra ocasión, cegado aún con el recuerdo del primer “para siempre”,
deseas poder ver sus ojos hasta que alguna negra guadaña te arrebate el último
suspiro, sin embargo sabes que ella nunca aceptará quedarse. Quién sabe si
algún día te quiso, lo que está claro es que ahora ya no.
Déjala marchar
papá, nunca ha sido una madre para mí.
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