miércoles, 28 de diciembre de 2016

Vivimos en universos distintos, no paralelos, separados por galaxias, agujeros negros de incertidumbre en los que desaparecen mis ganas de luchar, agujeros blancos de ganas de verte, de ganas de besarte, de gana de recorrer tu cuerpo con el dedo, de dibujar tus costillas, de pintar tu habitación de humo; pero el universo es intangible y peligroso, y la materia oscura se interpone entre nosotros, pequeñas partículas de miedo que forman un todo.
Nadie me avisó que esto podía volver a ocurrir, me creía curada de males de amores y nostalgias pasajeras, pero la vida no funciona así. De repente te caes de la nave espacial y el todo es la nada. Estás perdida en el vacío de una situación en la que  nunca imaginaste estar ¿Se pueden negar las conexiones cósmicas? ¿Es posible olvidarse de la electricidad de tu cuerpo junto al mío?
Lo dudo. La materia nos ha elegido como representantes de la injusticia, del no saber qué decir, del no saber ni cómo mirarte, de los celos injustificados y las noches sin dormir. Me siento como la última partícula del universo, buscando un sistema solar del que formar parte, pero gravitar alrededor de ti nunca fue una buena idea.
La negación de la realidad conlleva a la desintegración de los sentimientos, como una supernova que explota antes de desaparecer el último coletazo de este capricho pasajero está por llegar. El ciclo cósmico no ha terminado, volveremos a ser planetas a punto de encontrarnos, aunque algún satélite interfiera en nuestro camino. O no. Quizás el universo es más sabio que nosotros y ha decidido separarnos por el bien de algún semidios banal a quien le importamos una puta mierda.
Dicen que el amor es complicado, pero lo realmente complicado somos nosotros, amar es fácil, superar el miedo al dolor, no tanto, es más sencillo encerrarnos en nuestras galaxias, renegar del resto de formas de vida, y pasar la eternidad pensando en lo que pudo ser y no fue.

La conciencia cósmica nos persigue, pero nosotros somos más rápidos.